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Las personas se apegan a sus ideas incluso si saben que son erróneas (ESTUDIO)

Salud

Por: pijamasurf - 09/19/2017

¿La racionalidad es un mito? Este estudio aporta evidencia al respecto…

Por distintas razones, la mente humana suele aferrarse a las ideas, opiniones o creencias que se forma sobre el mundo. Esto quizá es evolutivo, una forma que encontramos como individuos o como especie para sobrevivir en una realidad que aunque se encuentra en cambio permanente, también tiene ciertas constantes. Sin embargo, igualmente es contradictorio por esa misma condición, pues llega el momento en que lo que creíamos saber sobre algo pierde validez o necesita cierta actualización, y entonces ese mismo aferramiento se vuelve estorboso, ya que de algún modo nos entrega una idea errónea de la realidad.

En un interesante estudio realizado recientemente, investigadores de la École Normale Supérieure de París y el University College de Londres encontraron que, en general, las personas prefieren sostener sus propias ideas antes que cuestionarlas o modificarlas, incluso si esto les cuesta.

Para llegar a dicha observación, el equipo coordinado por Stefano Palminteri pidió a 20 voluntarios que eligieran individualmente uno de dos símbolos que se les presentaban. Cada elección representaba, a su vez, una recompensa económica que variaba en función del símbolo escogido. Después de repetir varias veces este procedimiento, la gente se daba cuenta de qué símbolos valían más dinero y, por ende, tendía a elegir sólo estos.

Cuando el experimento llegó a ese punto, la dinámica cambió. En la segunda fase, los mismos voluntarios recibieron una indicación muy parecida (escoger uno de dos símbolos que se les presentaban, a cambio de una suma monetaria), con la diferencia de que en esta ocasión conocían al mismo tiempo el valor de cada símbolo, tanto el que habían elegido como el que no.

Sorpresivamente, aunque en varios casos el valor de los símbolos no escogidos superaba al de los elegidos, la mayoría seleccionó aquellos con los que estaban familiarizados desde el primer experimento. En otras palabras, la mayoría prefirió lo conocido, incluso por encima de lo más valioso monetariamente.

De acuerdo con Palminteri, este comportamiento sugiere que las personas suelen aferrarse a las ideas que se han hecho sobre la realidad incluso si, desde cierta perspectiva, esas ideas podrían considerarse equivocadas. "Es como si no escucharas la voz en tu cabeza que te dice que estás en un error", dijo el investigador a la revista New Scientist.

Así que si piensas que tu percepción de la realidad es “objetiva”, sin tendencias ni prejuicios… lo más probable es que te engañes.

 

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Esta es una forma saludable de comparar tu vida con la de otros

Salud

Por: pijamasurf - 09/19/2017

Si el hábito de la comparación es incontrolable para ti, aprovéchalo para desarrollarte personalmente

Para muchas personas, la comparación es un patrón mental inevitable. Por la educación que recibieron, por el ambiente cultural y social en que se desarrollaron y por otras razones de su historia de vida, hay quienes viven cada experiencia de su vida en referencia constante a la vida de otros. “¿Cómo haría esto mi mamá?”, “Esto se parece tanto a lo que hacen mis amigos”, “Tal o cual compañero de clase tiene ya esos tenis que tanto quiero y que mis papás no me han podido comprar”… 

Los ejemplos son múltiples, pero los elemento comunes en todos son pocos y en muchos casos los mismos: una búsqueda constante de validación; apego a lo conocido (con la consecuente dificultad para iniciar cosas nuevas); idealización de aquello que no se tiene y, por el contrario, empobrecimiento de lo que sí se tiene, y algunas más de este tipo.

Y quizá no podría ser de otro modo. Después de todo, la socialización está en nuestro código genético, y aunque quisiéramos que la cultura hubiera tomado otros derroteros, crecemos en un ambiente en que aprendemos a desear lo que otros desean. De hecho, el filósofo Alexandre Kojévè, siguiendo a Hegel, sostiene que el deseo animal se vuelve humano sólo cuando se descubre como deseo socializado, es decir, cuando el individuo se da cuenta de que otros desean lo que él desea.

Con todo, al hablar de comparación, el “amor propio” parece ser el concepto clave. Muchas veces quienes se comparan con otros tienden a hacerlo porque sienten poco o nulo amor hacia sí mismos y, en respuesta, creen que lo que de verdad vale lo tienen los otros. Una relación de pareja, vacaciones de ensueño, un automóvil nuevo, éxitos, fiestas… El mundo de los otros, cuando se mira desde esta perspectiva, puede parecer perfecto, y en consecuencia, al voltear a ver nuestras propias circunstancias, podemos resaltar únicamente nuestras carencias, nuestros “defectos”, y recriminarnos entonces por no tener nada de todo lo que los otros sí disfrutan.

Hace poco, en un episodio del podcast Zen Tips & Habits, el monje budista Shifu Ming Hai habló del hábito mental de la comparación. Grosso modo, la premisa de la que partió el monje es que existe una forma “saludable” de ejercer la comparación: no para empobrecer la percepción sobre nuestra propia existencia sino para hacerla crecer, enriquecerla.

Shifu partió de la pregunta de un hombre de 40 años, Peter, habitante de Hong Kong, quien aseguró que en tiempos recientes se ha alejado de amigos con un nivel económico superior al suyo porque se siente incómodo en su compañía. Peter es profesor y dado que no cuenta con la solvencia de esos amigos, se siente inferior a ellos y por lo mismo indigno de estar en su presencia.

“Deberíamos ser capaces de notar aquello que nos diferencia de los otros, ser conscientes de ello pero mantener el corazón tranquilo”, dice Shifu, y agrega: “Conocer la diferencia pero no reaccionar”.

Esa tranquilidad, esa “no reacción”, es uno de los estados de la mente más difíciles de aprender y adquirir, en buena medida porque muchos años de nuestra vida hemos hecho lo opuesto: reaccionar. Y usualmente, cuando se trata de emociones negativas –dolor, tristeza, enojo, envidia, etc.– se trata de reacciones que de tan inconscientes parecen instintivas, es decir, en las que no solemos poner atención ni cuidado y muchas veces ni siquiera sabemos de dónde provienen.

En ese sentido, el monje no hace un llamado a evitar las emociones negativas, a silenciarlas con “fuerza de voluntad” o a ignorarlas, sino a escucharlas, a prestarles atención compasivamente. En el budismo, en ciertas vertientes de la filosofía griega, en algunas corrientes de la psicología, esta es una constante: considerar las emociones negativas como un “llamado” de la subjetividad para atender un aspecto del ser que clama por ayuda.

¿Cuál es, entonces, la forma saludable de compararse con los demás? En la perspectiva específica de Shifu, la regla es simple: comparar sin juzgar. Esto es, observar aquello que nos distingue de los otros pero sin atribuirle un valor, ni a lo suyo ni a lo nuestro; no pensar que las riquezas de otros los hacen mejores que nosotros, que sus posesiones los elevan por encima de nosotros, que su vida es mejor que la nuestra. En algún sentido, lo único que puede decirse siempre es que es diferente: las circunstancias de los otros son diferentes a las nuestras porque su vida es diferente a la nuestra. “La habilidad de observar sin juzgar es la forma más elevada de inteligencia”, dijo alguna vez Jiddu Krishnamurti.

También es importante, en un segundo momento, intentar entender de dónde provienen esas emociones negativas que nos asaltan cuando nos comparamos con otros. En el caso del hombre del podcast, por ejemplo, ¿por qué justamente la riqueza material le hace sentir menos valioso que sus amigos? Ese sentimiento de inferioridad no se dispara por los mismos motivos en todas las personas; de ahí la necesidad de comprenderlo para, eventualmente, poder revertirlo o cambiarlo por otra forma de pensar y valorizarse.

Ahora lo sabes: si tienes el hábito incontrolable de compararte con los demás, no todo está perdido. Es una de tus mejores oportunidades para desarrollarte personalmente y pasar pronto a otra cosa.

 

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Imágenes: Broken isn't bad